Comentario Nº 121, 15 de septiembre de 2003

      Bush tiene graves problemas en casa

      El presidente Bush viene teniendo graves problemas con la mayor parte del mundo desde hace un año, si no más, pero mantenía un sólido apoyo en Estados Unidos hasta hace tres meses. Ahora lo está perdiendo, y muy rápidamente.

      Comencemos por la prensa del establishment. Los republicanos prefieren llamarla "prensa liberal", sugiriendo con ello que se trata de lobos izquierdistas disfrazados de corderos. Pero en realidad la prensa del establishment en Estados Unidos es y ha sido siempre firmemente centrista. Durante un año tras el 11 de Septiembre, y de hecho hasta hace tres meses, parecía como si esa prensa centrista simplemente recogiera los comunicados de prensa de la Casa Blanca y los distribuyera como propios. Ahora, de repente, ya no es así, sino más bien todo lo contrario. Basta echar una mirada a los cuatro principales canales de televisión (CBS, NBC, CBS y CNN) o leer las principales revistas (Time, Newsweek, U.S. News & World Report) o los principales diarios (N.Y. Times, Washington Post, L.A. Times, Boston Globe). Lo que se descubre en ellos -ya sean noticias, artículos de opinión o editoriales- es una crítica tras otra hacia la administración Bush; sobre su política en Iraq, o más bien sus "fallos" en Iraq, y su incapacidad para contrarrestar la persistente y creciente recesión y desempleo en Estados Unidos. De hecho, esos artículos son ahora tan críticos que comentan abierta y negativamente lo que la gente de Bush dice.

      La administración Bush consiguió que Estados Unidos entrara en guerra agitando el miedo a Iraq: armas de destrucción masiva, plataformas de lanzamiento de cohetes, aviones no tripulados que podían lanzar armas biológicas; y por supuesto, estrechos lazos con Al Qaeda. Todas esas afirmaciones han ido cayendo una por una. No se han encontrado armas, ni cohetes, ni aviones no tripulados, ni lazos con Al Qaeda. Y cada vez son más los miembros de los servicios de inteligencia que dicen ahora que se lo habían explicado así a la administración Bush hace tiempo, mucho antes de la invasión. Tan es así que la gente de Bush dejó de esgrimir esas razones para defender la invasión hace unos dos meses. Encontraron otro argumento: Estados Unidos consiguió derrocar a Saddam Hussein, algo por lo que el pueblo iraquí le estará eternamente agradecido, y los iraquíes construirán ahora un Estado democrático ejemplar en Oriente Medio. Pero los iraquíes parecen estar expresando su gratitud disparando sobre los soldados estadounidenses con bastante regularidad. El país es un caos físico y político. Y si Iraq se ha convertido en un modelo de democracia es que yo vivo en otro planeta.

      Lo más increíble, con respecto a la situación de Estados Unidos hace sólo tres meses, es lo que está ocurriendo en el partido demócrata: el meteórico ascenso de Howard Dean. Era un gobernador bastante oscuro de un estado pequeño, centrista en sus opciones políticas (al menos en el pasado), que comenzó la carrera hacia la presidencia con una sola cosa a su favor: criticaba abiertamente la invasión de Iraq. Hasta hace tres meses, sólo había un puñado de destacados demócratas opuestos a la guerra: los senadores Byrd, Kennedy y Graham, el congresista Kucinich, y el propio Howard Dean. Todos los demás se habían subido al carro patriótico de Bush, incluidos los cuatro principales contrincantes de Dean para la nominación demócrata: Lieberman, Kerry, Edwards y Gephardt.

      La persistente oposición de Dean a la guerra contra Iraq, muy franca y sencilla (expresada no sólo antes, sino también después de que comenzara) le supuso obtener una audiencia nacional; y su inteligente uso de Internet le proporcionó una organización política a nivel de base en todo el país y contribuciones financieras que han superado a las de sus contrincantes demócratas. La prensa lo trataba al principio como inconsecuente, luego como interesante pero marginal, más tarde como interesante pero condenado irremediablemente a perder las elecciones ante Bush si es que conseguía ser nominado por el partido demócrata, hasta llegar a la creencia actual de que no sólo puede conseguir esa nominación sino que también tiene probabilidades de derrotar a Bush. Sus oponentes demócratas han respondido al fenómeno Dean acercándose tanto como podían a sus posiciones, dadas sus declaraciones y compromisos anteriores. Los cuatro contrincantes principales dicen ahora que la invasión pudo ser correcta, pero que lo que ha venido después estaba muy mal planeado, con lo que no convencen en realidad a nadie. Del mismo modo que los votantes demócratas no parecen querer a un "Bush light" (que es como llaman algunos comentaristas a Lieberman), tampoco parecen querer un "Dean light" (que es como llaman ahora a Kerry, Edwards y Gephardt).

      Más interesante aún ha sido la reacción de los políticos republicanos. Al principio pensaban que Dean sería el candidato demócrata más fácil de derrotar; ahora admiten abiertamente que podría ser el más difícil. Después de todo, ya hay un grupo de republicanos a favor de Dean.

      Por último están los votantes ordinarios, a los que se encuesta regularmente. La popularidad de Bush cae continuamente. Actualmente sólo hay una mayoría raspada que piensa que Bush lo está haciendo bien. Pero más interesante es la última encuesta, que muestra que el 64% de la población de Estados Unidos cree que la invasión de Iraq ha incrementado la probabilidad de ataques terroristas. El 77% cree que las actitudes negativas hacia Estados Unidos en el mundo islámico han aumentado el reclutamiento terrorista. Y el 81% piensa que la verdadera lección del 11 de Septiembre es que Estados Unidos debe ser más multilateral.

      La administración Bush retrocede centímetro a centímetro tratando de parecer multilateral. Pretende ahora una resolución de la ONU, y está casi suplicando a otros países que envíen tropas y dinero (lo pasado pasado está, y pelillos a la mar, sugiere el presidente Bush). Pero Estados Unidos todavía no quiere renunciar a la primacía política y militar en Iraq, que es sin duda el precio real que tendrá que pagar si quiere apoyo. Estados Unidos puede quizá obtener su resolución en la ONU, en una versión más o menos diluida, pero no es probable que consiga tropas ni dinero de otros países, al menos en cantidad significativa. Cierto es que después del último discurso de Bush Rumania prometió otros 50 soldados, pero es una cifra tan ridícula que ni siquiera la administración Bush le presta atención.

      Se han comenzado a oír las primeras voces estadounidenses pidiendo una retirada estadounidense completa de Iraq. Su número crecerá y puede que griten muy alto en los próximos tres meses, mientras las bajas vayan aumentando, la situación en Israel/Palestina se deteriore aún más, y el desempleo siga creciendo en Estados Unidos. Los neoconservadores son conscientes de ello. Han comenzado a decir que la situación no es comparable a la de Vietnam, sino a la de Somalia, donde Estados Unidos se retiró abrumado por la vergüenza y la derrota. Advierten que si Estados Unidos no se mantiene firme, lo perderá todo, y en cierto sentido tienen razón.

      Ése es el dilema irresoluble de George Bush. Si se mantiene firme, pero no consigue nada definitivo en Iraq, la probabilidad de que sea reelegido disminuirá radical y rápidamente. Si por el contrario no se mantiene firme, se verá ridiculizado como un bocazas incapaz de aguantar el calor en la cocina. Su principal peligro no es perder al centro, sino a sus firmes apoyos en la derecha. Muchos de ellos comentan ya tristemente que esta administración ha sido una de las que más han gastado en la historia de Estados Unidos, pese a su retórica. El déficit estadounidense se está aproximando rápidamente al medio billón de dólares. Probablemente la única salida de George Bush sería decir al pueblo estadounidense: Estados Unidos necesita permanecer en Iraq al menos durante cinco años, y para eso tenemos que sacrificarnos. Voy a restablecer el servicio militar obligatorio y voy a proponer fuertes aumentos de impuestos para pagar esta política imperial. Eso es de hecho lo que alguien como el senador McCain haría. Hasta podría funcionar, al menos en cuanto al respaldo estadounidense a semejante política. Pero George Bush no tiene lo que hay que tener para hacerlo, y la gente de su entorno tiene muchas otras cosas que hacer.

      Así pues, bye-bye, George W. Bush. Dentro de diez años miraremos atrás y estaremos de acuerdo en que ningún presidente de la historia de Estados Unidos hizo más por debilitar el poder y prestigio mundial de su país. George W. Bush ostentará ese récord.

      Immanuel Wallerstein (15 de septiembre de 2003).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

      Copyright de Immanuel Wallerstein. Todos los derechos de reproducción reservados. Los Comentarios pueden bajarse al disco duro, remitirse a otros vía correo electrónico o colgarse en sitios no comerciales de Internet, siempre que el texto permanezca íntegro y se reproduzca la nota del copyright. Para traducir un texto, publicarlo en forma impresa o en cualquier otra, incluidos sitios comerciales de Internet o extractos, contáctese por favor con el autor en: iwaller@binghamton.edu; fax: 1-607-777-4315.

      a la página principal